Archivo para 28 septiembre 2010

Cuidado maternal

Desde que nos gestan, el útero materno es nuestro primer hogar. La primera voz que escuchamos y los primeros latidos que percibimos son los de nuestra mamá. Es ella la que nos protege en un ambiente acogedor y calentito, y es ella la primera persona con la que tenemos una relación de amor en este mundo.

Posteriormente, cuando nacemos, ella nos alimenta, cría y cuida, y si no fuera por ella -y también por nuestros padres- moriríamos indefensos. Es la persona en quien podemos confiar de manera ciega y que nos querrá incondicionalmente.

Yo tengo la gran suerte de tener una mamá incomparable, generosa, cariñosa, preocupada y que daría la vida por sus hijos, nietos, marido y por su familia. Admiro de ella su capacidad de entregarse por completo a su familia sin quejarse nunca, de postergarse para siempre dar a sus hijos lo mejor, y de entender, escuchar y dar su opinión certera en el momento preciso.

La verdad es que no sé qué haría sin ella. Es una parte fundamental en mi vida, es mi protección, mi cable a tierra, mi amiga y el ejemplo que me gustaría seguir. Es una de las personas más buenas que conozco, junto con mi papá, siempre preocupados de darle lo mejor al prójimo.

Este fin de semana sentí mucho miedo de perderla. Tuvo un episodio de vértigo que no le permitía moverse de los mareos. Pero antes de saber eso los doctores decían que incluso podría haber tenido un derrame cerebral, lo que nos asustó mucho. Gracias a Dios, no era tan grave, y con mucho reposo y medicamentos estará bien.

Pero lo más impactante fue verla tan vulnerable y frágil, y que ahora me toque cuidarla a mí, así como ella me cuidó cuando yo era guagua. Por lo mismo, he intentado hacerlo de la mejor manera posible y alivianarle un poco su enfermedad.

Los invito a abrazar a sus mamás, a aprovecharlas y a sacarle todo el provecho a su compañía, a sus consejos y a su espíritu protector. La próxima vez que la vean, abrácenla y regaloneen con su muchosidad.

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Muchos fuegos artificiales, efectos supersónicos, hologramas de Condorito, conciertos varios, la famosa cápsula, espectáculos en vivo, fondas por todos lados y banderas tricolores que tapizaron el país, fueron la tónica de este Bicentenario y por lo que quizá sea recordado por muchos.

Pero yo recordaré esta celebración como un momento especial para compartir con mi familia, amigos y seres queridos. Estas Fiestas Patrias, para mí, no estuvieron cargadas de humo, ni de anticuchos, ni de zapateo, ni de cumbias y reaggeton, pero sí de volantines, rayuela, conversación, risas, mucha comida y muchosidad.

Mi celebración propiamente tal partió el miércoles con un rico almuerzo con mis compañeras de trabajo. Lamentablemente algo me cayó mal -creo que fue el pisco sour- y al final me quería morir. Mi color cambió rotundamente, mis mejillas estaban rosadas y tras mi malestar se volvieron pálidas, tiradas para verdes. Pero eso fue un detalle, porque todo estuvo rico y entretenido.

El viernes, con un grupo de amigos, fuimos rumbo al Cajón del Maipo, específicamente, a La Cascada de las Ánimas. El asado estuvo exquisito y el postre aún mejor (un pie de limón que hicimos con mi pololo, que estaba terrorífico). Algunos se tiraron en tirolesa y otros hicimos una caminata a la cascada. Disfrutamos al máximo y aprovechamos de compartir entre nosotros con un lindo paisaje de fondo.

Al día siguiente, para celebrar el Bicentenario, mi hermano nos invitó a su casa a un asado, que contaba con decoraciones propias de la fecha y juegos típicos: él se esforzó e hizo una cancha de rayuela (o como se diga) con tejos sofisticados y con un rico asado en familia. La música también daba un gran toque al ambiente, salvo cuando mis sobrinos adolescentes trataban de sabotearla, cambiándola para poner speed metal y canciones alternativas.

El domingo 19, como todos los años, en mi casa se preparan para ver la Parada Militar, lo que a mí no me entusiasma ni un poco, pero trato de compartir con ellos hasta que el sueño me gane. Con otro asado en el cuerpo, y esta vez con mis tías, almorzamos, reímos, comimos y vimos el famoso desfile. El discurso fue un poco largo, pero la marcha de un representante de cada sector, profesión y segmento del país fue algo muy lindo y emocionante.

Los dos días posteriores compartí con mi pololo y aprovechamos de descansar. Fuimos a la Semana de la Chilenidad, pero estaba tan lleno que al final nos quedamos un ratito solamente. Eso sí que disfrutamos de un gran churro relleno con manjar que nos chorrió hasta el codo. Y para finalizar este gran fin de semana, fuimos los dos a tomarnos un heladito, tranquilos, disfrutando de la llegada de la primavera, del compartir y de la muchosidad del ambiente nacional.